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PERLA ESCONDIDA EN LA CARTA Nº 422

Carta nº 422      Junio 1911

 

“Con la ayuda de Dios y las oraciones de usted y de todas mis hijas, espero que todo se llevará a feliz término, con la gracia de Dios. Sigan pidiendo”

 

Cualquier emprendimiento, cualquier aventura o sueño, cualquier proyecto, mejora, si contamos con la ayuda de Dios. Y como con esa ayuda siempre contamos, no tengamos miedo alguno a los proyectos nuevos, a las nuevas responsabilidades, a dar respuesta a las nuevas propuestas que la vida coloca encima de la mesa para que sean custodiadas y elaboradas por nuestras manos. La pregunta sería: ¿contamos con las oraciones de usted?

La Madre Cándida pedía las oraciones de sus hijas para que los proyectos saliesen bien, que los barcos llegasen a buen puerto. Era consciente de la fuerza de la oración y de la fuerza de esa oración donde hay muchas manos unidas pidiendo a Dios que las cosas salgan y sean según su voluntad. Hoy seguimos necesitando de este gesto, seguimos necesitando de personas que oren por los proyectos de Dios en las manos de los hombres y mujeres que se fían y confían. Por eso es de agradecer, a las personas que oran, su tiempo, su sensibilidad, su pasión y su apoyo. Y todo este ciclo genera siempre seguridad en el camino, confianza en las decisiones y crecer en lo importante dejando lo superfluo a un lado.

Hoy comparto un trozo de un libro que llegó a mis manos y del que estoy aprendiendo mucho:

Una enfermera, habiendo atendido a una paciente ciega, antes de abandonar la habitación le preguntó a esta señora si necesitaba algo más. “Si-respondió la mujer-. ¿Está saliendo ya el sol?”. Eso hizo que la enfermera se detuviera. Había estado demasiado ocupada para fijarse. Así que se acercó a la ventana y miró a través de las lamas de la persiana, para luego responderle: “Si, señora, ya está amaneciendo”.

            A petición de la anciana, la enfermera subió la persiana por completo. La mujer le contó su historia, la de una chica que mucho tiempo atrás había perdido la vista en un accidente. La enfermera vio cómo caían lágrimas de los ojos invidentes de una mujer ya anciana que anhelaba poder contemplar un amanecer más. Así que tomó la mano de la mujer entre las suyas y pintó verbalmente un cuadro de sombras que se disipan, de rayos dorados, de tonos naranjas, grises, púrpuras. La paciente, sonriendo entre las lágrimas, le agradeció que le hubiera descrito lo que las personas que ven dan tan a menudo por supuesto.

            Entonces sucedió algo inesperado. O para ser más exacto, sucedió otra cosa inesperada. La anciana le echó un breve sermón: “La mayoría de las personas se preocupan por el mañana. No se detienen a ver la belleza que Dios ha puesto delante de ellas o las promesas de belleza interior que demuestran el amor divino. Así que te pregunto: ¿Quién está verdaderamente ciego? Si Dios cuida de los pájaros, ¿no crees que también cuidará de ti? Yo dependo de que Dios me cuide día tras día. Hoy Dios me ha enviado a una muchacha joven para que me describa el amanecer. Si abres los ojos, verás que Dios también cuidará de ti”.

            Ahora le tocaba llorar a la enfermera. Más tarde escribió:” Me percaté de que las dos habíamos sido sanadas. Yo estaba consumida por la preocupación, el miedo y las dudas, cuando en realidad cada nuevo día es una bendición”. Desde entonces, muchas mañanas, cuando ve amanecer, escribe, “me acuerdo de aquella paciente y le doy gracias a Dios por haberla puesto en mi camino”.

Este texto del libro de Chris Lowney es un poco de luz para revitalizar ideas dormidas, despertar posibilidades. Al igual que las palabras de la Madre Cándida, todo es luz para el camino. Ahora sólo queda ponerlas en marcha y confiar, sin olvidar pedir por aquellos que puedan necesitar nuestra oración. Seamos como las farolas que durante el día parece que no están, que soportan todas las inclemencias del tiempo, pero cuando más las necesitamos nos ayudan a que no tropecemos en ese camino donde sin ellas, todo sería oscuridad.

Antonio Grau

Murcia

Lee aquí completa la carta 422 de la Madre Cándida